jueves

Cortejo

Os enamoráis de una mujer porque es tan nue­va: la fisiología, las proporciones de su cuerpo, la cara, los ojos, las cejas, el color del ca­bello, el modo en que camina, en que se vuelve, en que dice hola, en que mira. Todo es nuevo, to­do el territorio desconocido. Os gustaría investi­gar ese territorio; es tentador, muy tentador. Es­táis atrapados, hipnotizados. Y cuando empezáis a acercaros, ella empieza a alejarse; eso es parte del juego. Cuanto más se aleja, más cautivadora se vuelve. Si simplemente dijera: «Sí, estoy lis­ta», la mitad del entusiasmo moriría en ese mis­mo instante. De hecho, seríais vosotros quienes empezaríais a pensar cómo alejaros. Por ende, ella os brinda la oportunidad de perseguida.

Hay dos tipos de seducción. Cuando un hom­bre seduce a una mujer, es enérgico. Lo in­tenta de todas las maneras, toma la iniciativa, po­ne una trampa, realiza todos los esfuerzos que puede. Una mujer seduce de un modo totalmente diferente. No toma la iniciativa, no pone ninguna trampa, no persigue al hombre; de hecho, finge no tener mucho interés. El hombre puede fallar, pero la mujer jamás falla... esa es la seducción fe­menina. Su trampa es muy sutil. No se puede huir de ella; carece de escapatorias. Y sin perseguiros, os persigue. Os obsesiona en sueños... jamás lla­ma a vuestra puerta, pero os obsesiona en sueños; jamás muestra algún interés, pero se convierte en la fantasía más profunda de vuestro ser. Ese es el truco femenino.

La energía femenina escapa. Ese es el juego.

No es que una mujer realmente desee esca­par; practica al juego del escape. Si un hombre aborda a una mujer y esta se encuentra preparada para irse a la cama con él, el hombre empezará a sentirse un poco preocupado. ¿Qué le pasa a la mujer? Porque no se ha ejecutado el juego. ... La belleza del amor no radica tanto en el amor co­mo en el juego amoroso. Se realizan tantos es­fuerzos... el cortejo. Pero este solo es posible si la mujer retrocede. Comprobadlo. Siempre que estéis hablando con una mujer, si os interesa, re­trocederá y vosotros avanzaréis. Pero siempre hay una pared, de manera que la mujer choca contra la pared; entonces queda atrapada. Siem­pre avanza hacia la pared... ¡también eso es in­tencionado! Todo es intencional. Forma parte del juego, y es un juego hermoso.

La gente jamás se encuentra tan feliz como durante el cortejo, porque se trata de una per­secución. Básicamente el hombre es un cazador, de modo que cuando la mujer es perseguida, y se aleja, tratando de esconderse, evitándolo, dicién­dole que no, el hombre se enciende más y más. El desafío se toma intenso; hay que conquistar a la mujer. En ese momento está dispuesto a morir por ella, o a hacer lo que sea necesario, pero hay que conquistarla. Debe demostrar que no es un hombre corriente.

Pero una vez que están casados, entonces... porque todo el interés radicaba en la persecución, en lo desconocido, en que en apariencia la mujer era inconquistable. Pero, una vez que ha sido conquistada, ¿cómo se puede mantener el viejo interés? Como mucho se puede fingir, pero el viejo interés no se puede mantener.

Habéis observado que la misma mujer que hoy es hermosa puede que mañana no lo sea, o que incluso se convierta en un incordio? Hoy os morís por conseguirla, ¡y mañana queréis moriros para deshaceros de ella! Es extraño... ¿qué fue de la belleza?

La belleza está en vuestro interior. Y cuando le concedéis a la mujer libertad para ser ella mis­ma, o al hombre libertad para ser él mismo, fun­cionan como un espejo. En cuanto empezáis a de­cir: «Deberías ser esto o aquello», no permitís que el hombre o la mujer sean un espejo, comen­záis a convertirlos en una película virgen dentro de una cámara fotográfica.

Un espejo siempre está vacío, por eso puede seguir reflejando de forma continua, toda la eternidad. La película virgen se acaba solo en un reflejo, porque solo aferra ese reflejo. No es un espejo.

Si nuestras relaciones con las personas contu­vieran esta gran comprensión, que al otro de­bería permitírsele libertad total para permanecer siendo lo que sea, quizá con cada momento se podría revelar más y más belleza. Cuando las personas no son posesivas entre sí sienten la be­lleza. En cuanto se casan, las cosas comienzan a ponerse difíciles, porque una nueva posesión ha­ce acto de presencia. Y siempre veis lo que des­eáis ver. Cuando la mujer no estaba disponible, representaba un desafío... y cuanto mayor el des­afío, más hermosa era. Pero una vez que está en­cadenada, el desafío se ha perdido y la belleza desaparece. Los más grandes amantes son aque­llos que jamás se encuentran. El encuentro es una tragedia.

Parece que en la vida todo lo que os resulta hermoso solo es hermoso porque no es vuestro... la hierba es más verde del otro lado de la valla. No es la realidad, porque el vecino tiene el mis­mo problema... cuando ve vuestro jardín, la hier­ba es más verde. Es un espejismo que crea la dis­tancia.

A los amantes que mejor les va en el mundo es a aquellos que no se conocen. Provocan las historias más románticas y hermosas... sin ri­ñas ni peleas. Y jamás llegan a averiguar que «Esta no es la mujer para mí ni yo soy el hombre para esta mujer». Nunca alcanzan la suficiente intimidad para saber eso. Pero, por desgracia, la mayoría de los amantes llegan a casarse. Es el ac­cidente más desdichado de la vida. Eso destruye toda la belleza; de lo contrario, habrían sido Laila y Majnu, Romeo y Julieta, Tristán e Isolda, grandes amantes de la historia. Pero esos grandes amantes jamás vivieron juntos en un apartamen­to de un dormitorio.

Primero creáis a un hombre hermoso y luego os ponéis a perseguirlo. Y pasados unos días de vivir con un hombre o una mujer hermosos, todas las fantasías se desmoronan. De pronto sois conscientes, como si os hubieran engañado, de que esa mujer tiene un aspecto corriente. Y pen­sabais que era una Laila o Julieta, o pensabais que era un Majnu o Romeo, y de repente, des­pués de unos días, los sueños se han evaporado y la mujer se ha vuelto corriente o el hombre se ha vuelto corriente; entonces os sentís disgustados, como si la otra persona os hubiera engañado. Na­die os ha engañado y nada ha desaparecido del hombre o la mujer; lo que se ha esfumado es vuestra propia fantasía... porque las fantasías no se pueden mantener. Podéis soñar con ellas, pero no podéis mantenerlas durante mucho tiempo.

Las fantasías son fantasías! De modo que si de verdad queréis continuar en vuestras fantasías, entonces, al ver a una mujer hermosa, alejaos de inmediato de ella todo lo que podáis. Entonces siempre la recordaréis como la mujer más hermosa del mundo. De esa manera la fanta­sía jamás entrará en contacto con la realidad. No se quebrará. Siempre podréis suspirar y cantar y llorar por la hermosa mujer... ¡pero nunca os acerquéis a ella!

Cuanto más os aproximéis, más realidad, más realidad objetiva, se revelará. Y cuando se pro­duzca un choque entre la realidad objetiva y vuestra fantasía, desde luego ya sabéis quién sal­drá derrotada: vuestra fantasía. No se puede ven­cer a la realidad objetiva.

El matrimonio debería tener lugar únicamente cuando la luna de miel ha llegado a su fin. Cuando dos personas, que se conocen bien, deci­den estar juntas, no se trata de una cuestión de conquista ni de algo nuevo. No es que se deciden por el matrimonio porque quieren conocerse; se deciden por el matrimonio porque se conocen. Es algo

totalmente diferente.


OSHO.....

2 comentarios:

LuNa... dijo...

Me quedo divagando en este
diluvio de paz y tanquilidad..
donde mi alma como paloma
vuela y se posa en cada sentimiento derrochado
en estos versos
en cada palabra...
sonidos apacibles de serenidad..
un saludo inmenso desde mi lunita..
LuNa

ivana dijo...

LA VIDA ES UN GRAN VIAJE, Y CREO QUE NOS VAMOS ENCONTRANDO....!! GRACIAS POR TUS PALABRAS,ABRAZITOS COSMICOS , IVA

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