martes




Los árboles están entre los primeros seres
que los hombres primitivos escogieron como tótem
y objeto de culto.
El árbol es una fuerza de la naturaleza,
lleno de energía primordial y atávica.
Sus raíces beben de las profundidades telúricas,
mientras que su tronco se eleva hacia lo alto,
y sus ramas y hojas captan el aire y el sol.
Es decir, el árbol es como un puente
entre las energías terrestres y las del cielo.
Esa es una de las primeras cosas que los árboles
pueden enseñar a nuestra vida cotidiana.
Raíces firmemente ancladas a tierra y ramas elevadas a lo alto.
Así hemos de vivir, con los pies en el suelo,
conscientes y atentos a la realidad que nos rodea,

pero a la vez sin renunciar a elevar a lo más alto
nuestros ideales.
La utilidad de los árboles es asombrosamente amplia:
sus raíces sustentan el terreno, evitando
la erosión y la desertización;
sus hojas transforman el dióxido de carbono en oxígeno,
depurando el aire;
sus ramas sirven de hogar a los pájaros;
sus frutos nos alimentan; nos ofrecen sombra;

sus hojas y cortezas suelen ser curativos,
usándose en tisanas y cocimientos, etc, etc.
Es un buen modelo de vida el que nos ofrecen los árboles,
ese de ser capaces de ofrecer muchas cosas,
y de darlas todas con generosidad.
Los árboles, sobre todo las especies m
ás grandes,
nos fascinan por su inmensidad.
Y lo más fascinante es pensar
que toda esa grandiosidad ha nacido de una semilla
que no cabe en el hueco de una mano.

Eso nos muestra que todo lo grande e impresionante
empieza por ser pequeño,
y que cualquiera de nuestros proyectos,
por insignificante que nos parezca,
si lo cuidamos con paciencia y perseverancia,
puede llegar a ser una realidad
tan fuerte y bella
como el más majestuoso de los árboles.

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