domingo

Esquirlas al viento.





Lo conocía de verlo pasar todas las mañanas.

Nos mirábamos, y él sabía que yo admiraba su trabajo en secreto.

Su taller estaba en lo alto de una torre de piedra, en lo que había sido una fortaleza medieval.

Un día cualquiera, al pasar junto a mí se detuvo.

Me invitó a subir, y sorprendido, acepté orgulloso.

Allá en lo alto, el recinto era rústico y despojado.

Desde su ventana se podía ver la inmensidad del mar, y el tórrido sol en esos meses, entraba hasta la mitad de la espartana habitación.

Día tras Día, Me sentaba en silencio en un rincón sobre una tosca silla de madera oscura para verlo trabajar.

Debo decir que mi privilegio duró lo suficiente, como para adivinar la idea de su empresa. Es más, al verla asomar, sentí que algo dentro de mí estallaba.

Trasmutaba, aparecía, en pocas palabras, iba asistiendo a una verdadera metamorfosis.

Fuerza, pasión, y esquirlas al viento.

Colosal, uniforme e impertérrita, la piedra no se rendía, pero el mago, ese alquimista de formas, a pura perceverancia la doblegaba.

Golpe tras golpe, mazo y cincel revelaron poco a poco cosas escondidas.

Un día en que la tempestad azotaba nerviosa contra la playa desnuda, descubrí con fascinación, que un brazo comenzaba a surgir.

Otro, mientras una barca de pesca retornaba cuando el hiriente sol caía a plomo sin piedad, observé que un ala, pretendía desperezarse como para echar vuelo.


El invierno llegó, y la húmeda brisa costera nos encontró ahí arriba contemplando sus primeros gestos.


Doce meses cayeron, y el hombre concluyó la obra.

Sutiles pliegues embellecían las alas.

Delgados brazos terminando en delicadas manos.

Livianos cabellos largos reposando en los hombros.

Flexibles piernas sosteniéndolo erguido y presto, y ese rostro..., ese magnífico rostro comprendiéndolo todo.

Ahí estaba, alzándose de pie gigante y majestuoso. Y en el centro de la habitación, el sol volvía como al principio para caer sobre él bañándolo de luz.

Solo en ese último momento pude decir algo, vanagloriando la prodigiosa virtud de las creadoras manos del artista.


El hombre sonrió, y dijo unas palabras que me explicó, no le pertenecían.

-“Yo no he hecho nada, solo dejé escapar del Alma de la piedra lo que se encontraba escondido”.

Eduardo J. Podestá.

Esta obra fue protegida, según las normas vigentes de la República Argentina en la:
Dirección Nacional del Derecho de Autor.

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