jueves

***En el nombre de la Madre***

En el nombre de la Madre
la gran antepasada nuestra,
de su hija Estrella
y de todos los seres vivos
que emergieron de su vientre
en los tiempos primeros
cuando danzaba abriendo
las aguas del mar original.

En el nombre de la Diosa

de la vida en la muerte,
de la muerte en la vida
y de su amante Solar,
nacido en su plateada luz,
enterrado, cada noche,
en el lado oscuro.
Fecundador y víctima
que Ella resucita como alimento.

En el nombre de la Suprema,

de su hermana Gemela,
de sus ninfas, chamanas y justicieras,
cantamos la antigua tradición
de la Triple Diosa
primera entre todas
las deidades y religiones.
Degradada e ignorada
por los dioses de la espada y el caballo,
que pisotearon los verdes campos de esta Madre,
violando a sus mujeres,
esclavizando a sus varones,
arrancándole la sabiduría
de la regeneración.

En el nombre de la Amante universal:

Doncella blanca, reservada a sí misma,
Mujer roja, entera y llena de la sangre
que fluye sin crueldad,
Anciana negra, tejedora de destinos
y que en su luto trae la eternidad.

En los tiempos de las invasiones

susurraste en el oído del ollave;
cruzaste el camino del ermitaño;
realizaste los milagros del mago;
para que guardaran tus dones
después que los sacerdotes guerreros
te exiliaron de las entrañas y mentes
de tus sacerdotisas y profetisas,
condenando a toda mujer
a la inmovilidad y el silencio.

Unas pocas, como Astrea,

lograron escapar de los hombres de hierro
ocultándose en bosques y cuevas,
horrorizadas al ver la piedad vencida.
En esos parajes sagrados
te invocaron Némesis, justicia feraz
que habita en el soto de Belili.
Esas suaves y fervientes neolíticas
tomaron el arco y el carcaj
de los cazadores paleolíticos
contra los pastores de la estepa.

Convertidas en jinetas feroces,

únicas matriarcas que sacaron
a la luz la ira mujeril,
resistieron el sometimiento
hasta el límite de la extinción.

Pero cuando el hierro venció al bosque

capturadas, fueron prostituídas
al servicio de los jefes de clan,
inventores homéricos de tus raptos
y clandestinidades con sus dioses.

Las descendientes de esas arqueras

retornaron a la cuevas sagradas
de las antiguas recolectoras de frutos.
Temidas brujas del caldero
que celebraron tus misterios
y apariciones en las encrucijadas:
tímida Corza Blanca,
seductora Andra Mari,
inflexible Dama de las Quijadas,
ciñiendo a principes y emperadores
con el eco de la vida usurpada.

No volvimos a escuchar

historias de la pesadilla
hasta la época del oro nuevo
cuando los conquistadores ibéricos
relataron a las Amazonas del río
en la selva virgen del sur.
Y cuando las Mujeres pobres
de la pequeña Nicaragüa
se vistieron de soldadas,
fusil al hombro, seno amamantando,
para defender a los suyos
del dictador infame.

Reina del Cielo volvemos a evocarte

como niños que balbucean
la primera comunicación.
Te llamamos: Pachamama,
Isis Resurrectora y Luna Triple.
Dibujamos algunos símbolos tuyos:
laberintos y serpientes enlazadas.
Y caminamos tras tus huellas
en el cuerpo y la naturaleza
con la esperanza de concluir
este largo peregrinaje
de la violencia suicida.
Reiniciaremos el gran ciclo de vida,
pronunciando el nombre de la Rosa.

Señora de las metamorfosis,

Mujer pletórica, Madre agrícola,
Andrógina del mar y del amor,
Jueza de vivos y muertos,
Sofía de lo oculto,
Musa de lo humano,
Caliz abundante,
Serpiente de todos los tiempos
y Árbol de la Vida,
creaste este dilatado jardín
con todas las energías
diferentes y complementarias
durante tu incesante canto,
uniendo siempre tus cuernos
para que los seres vivan
en acoplado encuentro
al descubrir que para ser uno
primero hay que existir como dos.
Preguntan los que quieren querer
si habrá una existencia mejor
que el hastío femenino
y la prepotencia masculina;
si tendremos que ensayar
algún rito de luna y sol;
adoptándote como hija desaparecida
convertidos en Démeter.

Deseamos que vuelvas a los días

de los humanos y sus gentes.
Habita nuevamente en las madres
porque cada noche y cada mañana
ellas no han dejado de llamarte.

Diosa Madre, en tu nombre

intentaremos alguna manera
para que el Padre, al fin,
bese tus labios y se integre
a la mujer, al varón y al mundo.

II

He sido, como muchas,
una mujer en la colina
que recibió tu abrazo
en inviernos blancos de nieve,
primaveras de flores y frutos,
y otoños de álamos dorados,
cuando estaba en el valle
y habitaba los bosques de araucarias.

He sido una mujer que se baña

con la luz de tus lunas
desde el día que ví
a los caciques mapuches
danzar dentro del círculo,
convertidos en pumas, ñandúes y serpientes,
bajo el impulso del kultrún de la machi;
y derramar la sangre de machos cabríos
sobre su Pachamama.

He sido una mujer con una espada

atravesada en la garganta
hasta que las Madres de la plaza
encarnaron tu ancestral derecho,
quitando la venda que cubría
los ojos de la luminosa Temis,
cuando sus hijas e hijos
fueron secuestrados
hacia una muerte sin retorno,
inflingida por viles patriarcas.

He sido una mujer indiferente

a las amenazas del pecado
desde los años que leí las hojas
de los árboles que plantaron
Safo, Juana Inés, Alfonsina
y tantas otras que develaron
las mentiras de los diabólicos
retratos de tus amados,
el dogma del sexo impuro
y la retórica de las hogueras,
las guerras y los mercados.

He sido una mujer que pregunta

por las diosas que las estatuas
de la ciudad aún representan,
dónde la Virgen de los altares,
dónde las Nereidas de Lola Mora,
dónde la Madre Patria...

Y he invocado a tus mensajeras

para que nos hablen de ellas
cuando anuncien tu retorno a estas playas.
Que hagan vibrar estas cuerdas heridas
y canten con nosotras tu enojo,
tu belleza, tu vuelta,
ahora que no hay mandato
que nos deje sin luna,
ni exilio que nos separe de Tí.

III

Canta, Musa, a la que retorna,
canta la antigua tradición
de cuando dios era mujer.

Canta a la que fue y sigue siendo

Una, tres y trece veces ella misma.
Habítanos para que todos conozcan
a la Gran Madre cuyo nombre, dices,
es Resplandor, paloma exaltada de la vida.

Dánzanos, Ninfa, la mente y el útero

para que abandonemos la crisálida,
limpios los oídos de tanta carga
y abramos las alas de la conciencia.

Cuéntanos, Sabia, el relato

y el poema de su mágica presencia
ahora que encendimos ónfalos
en el mundo y crepitan
los corazones sobre las brasas.

Inspíranos, Astuta

que estamos listas
a la llegada de la Señora del paraíso,
la que viste la túnica, abigarrada,
con los colores del excelso fruto
del amor, la justicia y la sabiduría.

Analía Bernardo

Publicado por la autora en su libro "Deirdre y la Diosa del Amor"
Colección Mitología Femenina, edición de autor en diskette.
analiabernardo@yahoo.com

***LOS PORTADORES DE SUEÑOS***





En todas las profecías está escrita la destrucción del mundo.

Todas las profecías cuentan
que el hombre creará  su propia destrucción.

Pero los siglos y la vida

que siempre se renueva
engendraron también una generación
de amadores y soñadores;
hombres y mujeres que no soñaron
con la destrucción del mundo,
sino con la construcción del mundo
de las mariposas y los ruiseñores.

Desde pequeños venían marcados por el amor.

detrás de su apariencia cotidiana
guardaban la ternura y el sol de medianoche.
Las madres los encontraban llorando
por un pájaro muerto
y más tarde también los encontraron a muchos
muertos como pájaros.
Estos seres cohabitaron con mujeres traslúcidas
y las dejaron preñadas de miel y de hijos verdecidos
por un invierno de caricias.
Así fue como proliferaron en el mundo los portadores sueños,
atacados ferozmente por los portadores de profecías
habladoras de catástrofes.
Los llamaron ilusos, románticos, pensadores de utopías
dijeron que sus palabras eran viejas
y, en efecto, lo eran porque la memoria del paraíso
es antigua al corazón del hombre.
Los acumuladores de riquezas les temían
lanzaban sus ejércitos contra ellos,
pero los portadores de sueños todas las noches
hacían el amor
y seguía brotando su semilla del vientre de ellas
que no sólo portaban sueños sino que los
multiplicaban y los hacían correr y hablar.
De esta forma el mundo engendró de nuevo su vida
como también había engendrado
a los que inventaron la manera
de apagar el sol.

Los portadores de sueños sobrevivieron a los

climas gélidos pero en los climas cálidos casi parecían brotar por
generación espontánea.
Quizá las palmeras, los cielos azules, las lluvias
torrenciales tuvieron algo que ver con esto,
la verdad es que como laboriosas hormiguitas
estos especímenes no dejaban de soñar y de construir
hermosos mundos,
mundos de hermanos, de hombres y mujeres que se
llamaban compañeros,
que se enseñaban unos a otros a leer, se consolaban
en las muertes,
se curaban y cuidaban entre ellos, se querían, se
ayudaban en el
arte de querer y en la defensa de la felicidad.

Eran felices en su mundo de azúcar y de viento,

de todas partes venían a impregnarse de su aliento,
de sus claras miradas,
hacia todas partes salían los que habían conocido
portando sueños soñando con profecías nuevas
que hablaban de tiempos de mariposas y ruiseñores
y de que el mundo no tendría que terminar en la
hecatombe.
Por el contrario, los científicos diseñarían
puentes, jardines, juguetes sorprendentes
para hacer más gozosa la felicidad del hombre.

Son peligrosos – imprimían las grandes rotativas

Son peligrosos – decían los presidentes en sus discursos
Son peligrosos – murmuraban los artífices de la guerra.
Hay que destruirlos – imprimían las grandes rotativas
Hay que destruirlos – decían los presidentes en sus discursos
Hay que destruirlos – murmuraban los artífices de la guerra.

Los portadores de sueños conocían su poder

por eso no se extrañaban
también sabían que la vida los había engendrado
para protegerse de la muerte que anuncian las
profecías y por eso defendían su vida aun con la muerte.
Por eso cultivaban jardines de sueños
y los exportaban con grandes lazos de colores.
Los profetas de la oscuridad se pasaban noches y días enteros
vigilando los pasajes y los caminos
buscando estos peligrosos cargamentos
que nunca lograban atrapar
porque el que no tiene ojos para soñar
no ve los sueños ni de día, ni de noche.

Y en el mundo se ha desatado un gran tráfico de

sueños que no pueden detener los traficantes de la muerte;
por doquier hay paquetes con grandes lazos
que sólo esta nueva raza de hombres puede ver
la semilla de estos sueños no se puede detectar
porque va envuelta en rojos corazones
en amplios vestidos de maternidad
donde piesecitos soñadores alborotan los vientres
que los albergan.

Dicen que la tierra después de parirlos

desencadenó un cielo de arcoiris
y sopló de fecundidad las raíces de los  árboles.
Nosotros sólo sabemos que los hemos visto
sabemos que la vida los engendró
para protegerse de la muerte que anuncian las
profecías.

Gioconda Belli
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